Desde el 17 de noviembre de 1919, cuando apreció el Nº 1, su nombre intrigó a grandes y chicos.
¿Qué significaba Billiken?
La respuesta no es breve, pero tampoco compleja.
Según una antigua leyenda, en la India vivió un simpático dios que logró arrancarles sonrisas a dos príncipes apesadumbrados. Y viendo el dios que en el mundo había aún más tristeza, se encargó de llevar alegría a muchas otras naciones y culturas remotas.
A principios del siglo XX, el fabricante norteamericano Billy Kent conoció la leyenda y creó un muñequito petiso, barrigón, eternamente sonriente y parecido a Buda, como se lo imaginaba él al dios Hindú.
Y como éste no tenía nombre lo bautizo con el suyo. Después, el pequeño ídolo se puso de moda en todo el plantea y fue muy popular entre los chicos argentinos.
Si tener un amuleto de Billy Kent no daba tanta suerte como se decía, por lo menos era un lindo regalito de buen augurio.
Y a Constancio C. Vigil –periodista y escritor–, que en esos días buscaba afanosamente un título para una inédita revista infantil, le pareció una buena idea usar el nombre de ese muñeco que los nenes amaban. Billy Kent, dicho todo junto y sin la T, pasó a ser Billiken.
Y así fue como la revista Billiken conquistó su identidad y el corazón de incontables lectores.

El padre de Billiken nació en Rocha, República Oriental del Uruguay, el 4 de septiembre de 1876.
Hijo de importante abogado y periodista de igual nombre, estudió ciencias y letras en la Universidad de Montevideo y, ya recibido, escribió para el diario argentino La Nación.
El 1901 dirigió La Alborada, revista que propulsaba ideales de fraternidad latinoamericana.
En 1911 fundó -en Buenos Aires. Mundo Argentino, y siete años después dirigió El Hogar.
En 1918 lanzó la revista Atlántida y la editorial homónima, en 1919 El Gráfico y Billiken, considerada la revista infantil más antigua del mundo de habla castellana.
Más tarde publicaría Para Ti, La Chacra y otras. Como pensador, Constancio Cecilio Vigil les ofreció a los adultos títulos humanistas como Vida Espiritual o Amar es Vivir, y sus mejores versos filosóficos en El Erial, traducido a numerosos idiomas. Pero sin duda su gran pasión fue educar y entretener a los chicos rioplatenses.
Exclusivamente para ellos concibió las maravillosas venturas de La Hormiguita Viajera, Misia Pepa o El Mono Relojero, además del Diario de un Niño, Marta y Jorge, La Escuela de la Señorita Susana y un libro de lectura que encantaría a varias generaciones de alumnos, padres y maestros: el inolvidable Upa.
Falleció en Buenos Aires el 24 de septiembre de 1954, tras 78 años de una vida plena de realizaciones y sueños cumplidos.

El más grande se llamó -y se llamará por siempre- Billiken.

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